miércoles, 23 de marzo de 2016

Aquí te esperaré por siempre: cuarto capítulo

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20 de marzo de 2015

La lluvia había parado y estaba anocheciendo. Yo aún permanecía frente a la ventana mirando la calle sin verla.
Tantos sentimientos habían llegado acompañando esos recuerdos.
Sequé mis lágrimas y volví a la mesa. Había tomado decisiones que me llevaron a ese lugar y no podía volver atrás. Siempre supe que no iba a ser fácil, pero también que era la única manera.
Me sentía, una vez más, triste, sola y vacía.
Melancólica y taciturna, volví a mi libro.

A la mañana siguiente Laura despertó temprano, una de sus doncellas había llegado con agua para que se aseara y estaba preparando sus ropas de bodas.
No sentía el menor deseo de bajar al salón, pero sabía que era su obligación, debía actuar como una dama, como se esperaba de ella.
Trató de no pensar en nada ni en nadie mientras la peinaban y vestían, ni siquiera miró su reflejo en los espejos.
Las mujeres prorrumpían en exclamaciones de admiración ante su belleza, la belleza del vestido, el dorado de sus cabellos, pero a ella nada de eso le importaba, permanecía inmóvil dejándolas hacer, mientras trataba de arrastrar sus pensamientos hacia días felices y recuerdos lejanos.

La campana de la capilla la sacó de su ensoñación. Ya era la hora, la tan temida hora.
Nunca había deseado casarse, sabía que algún día sucedería, pero no tenía ideas románticas como Isabel que soñaba con un dulce y gentil caballero que algún día vendría a reclamarla en su bravo corcel. Ella era más realista y práctica, sabía que no existían muchos caballeros así, y sabía que tampoco existían muchas posibilidades de que ricos y poderosos nobles las reclamaran, ya que la fortuna de su padre no era tan cuantiosa. Siempre supo que debería conformarse con un esposo viejo y malhumorado que no le prestaría atención (por lo cual ella estaría sumamente agradecida) y a quien vería de vez en cuando. Aunque no se había tomado demasiado tiempo para reflexionar en eso, jamás había imaginado ser entregada de esta manera y a un hombre tan temible.
Caminó sola, seguida de su doncella principal, los pocos pasos que separaban la torre de homenaje de la capilla. Dentro se encontraban solo dos personas: el sacerdote y lord Baker vestido con un elegante traje azul marino con bordados de oro.
Se detuvo en la puerta sin saber qué hacer, sentía que todo su valor y determinación se estaban agotando.
Él se acercó rápidamente y haciendo una reverencia la miró a los ojos.
–Estáis muy bella, mi señora.
–Gracias–contestó en un susurro.
Tomó su mano y la pasó por su brazo. Luego suavemente la guió hacia el frente de la capilla.
No entendió mucho de lo que se dijo esa mañana, las palabras en latín unido al miedo que sentía, contribuyeron a que toda la ceremonia quedara en una nebulosa. Lo único que supo fue que estaba unida a ese extraño que la miraba intensamente, y que ya no podía volver atrás, ya era imposible que  volviera a casa con su amada hermana, a correr por los prados o cabalgar con los cabellos al viento sobre el viejo alazán.

Me quedé unos segundos pensando cómo continuar. Pensé en lord Baker, tan oscuro y temido, físicamente hermoso, como Lionel; galante y reservado, cómo Lionel; pero con un pasado oscuro y misterioso… ¿cómo Lionel?
El sonido de mi teléfono móvil me sobresaltó, hacía días que no recibía llamadas, muy pocos tenían mi número.
–¿Si?
–¿Marianne?
–¡Lionel!, ¿cómo estás?–pregunté gratamente asombrada.
–Muy bien. ¿Y tú? ¿No te han perseguido los fantasmas?
Reí recordando el miedo que me provocaron aquellos pasillos oscuros.
–No, mi casa es tan pequeña que no tienen dónde esconderse.
–¿Cuándo vendrás a leerme tu libro?– no se andaba con rodeos.
Dudé unos instantes, no quería involucrarme en esta relación en la que me estaba viendo envuelta sin remedio. No puedo decir que no lo disfrutara, o que no me sintiera atraída por él, pero después de lo que había vivido unos pocos meses atrás, no creía estar preparada para lidiar con alguien tan atractivo y saber mantener a raya mis sentimientos.
–Me encantaría hacerlo, pero debo escribir, estoy algo atrasada y mi editor va a matarme. Quizás debamos dejarlo para más adelante.
–Creí que te habías sentido cómoda anoche.
–Y fue así, lo pasé de maravilla…
No sabía que excusa darle, él simplemente esperaba en silencio.
–No te preocupes, ya nos veremos cuando no estés tan ocupada.
Sentí una punzada de remordimiento al escucharlo, no parecía molesto.
–Me hubiera encantado pasar  contigo la tarde–dijo con un tono tristón. Sonreí.
–¿De verdad?
–¿No te gustaría comer conmigo, algo informal…?
–Podríamos tener un picnic en los parques del castillo–eso sería menos íntimo y podría mantener la distancia.
–Me parece bien–dijo dudando unos segundos–. Mañana pasaré a buscarte a las doce. Lleva el postre.
–De acuerdo–dije sonriendo.
Y colgué.
A la mañana siguiente me levanté temprano para escribir. Estaba emocionada porque iba a encontrarme con Lionel otra vez, pero no quería pensar en ello.

Levantó la vista de su plato para mirarlo. Él, igual que cada día en los últimos meses, no le prestaba la menor atención. Comía lentamente, en silencio, concentrado como si de una tarea complicada se tratase. Debería sentirse feliz y agradecida por esa indiferencia, pero no era así.
–¿Qué es lo que se supone que debo hacer en esta casa?
La miró, algo asombrado de que saliera de su acostumbrado mutismo.
–No entiendo a qué os referís, mi señora.
–¿Qué propósito  tiene que me hayáis tomado por esposa?
Clavó sus ojos claros observándola. Ella trató de no sentirse intimidada, y, fuera de toda regla de pudor femenino, mantuvo firme la mirada.
–¿Lo preguntáis porque aún no he dormido con vos?
A pesar de sonrojarse visiblemente, no bajó los ojos.
–Lo pregunto porque no entiendo qué función pretendéis que cumpla en este castillo. No manejo la casa, ni la servidumbre, no decido que comidas se servirán ni cuándo deben limpiarse los tapices. Parezco simplemente una invitada. ¿Es eso lo que esperabais de una esposa?
Se levantó, ella admiró su gallarda figura desde el extremo opuesto de la mesa.
–¿Por qué os preocupa que se os trate como a una invitada? Deberías sentiros feliz por ello.
No contestó, aunque era osada, temía ponerlo furioso.
–¿Qué os gustaría hacer? ¿Queréis cumplir la función de la servidumbre? No deseo que mi señora trabaje, sois la señora de este castillo…
–Un adorno–pronunció las palabras en poco más que un susurro, pero él la escuchó.
Se acercó a ella lentamente. No sabía cuál sería su reacción y no se atrevía a levantar la vista para mirarlo.  Él se detuvo a unos pasos.
–¿No es acaso eso lo que debe ser una mujer hermosa? ¿Un adorno para embellecer el hogar de su esposo y recrear su vista?
Tal vez percibió su mueca de desagrado.
–¿No estáis de acuerdo conmigo?
–Lo siento mi señor, mi opinión no es  importante. Soy solo una tonta joven criada en la campiña, imagino que un guerrero como vos consideraría ridícula mi forma de pensar.
Tomó asiento en la silla continua mirándola casi divertido.
–Por favor– la invitó a continuar.
Si ella hubiera percibido su mirada, seguramente se habría sentido ofendida. Pero en ese momento estaba simplemente furiosa.
– ¿No pensáis, como yo,  que una mujer es mucho más que algo hermoso que sirve para adornar y embellecer?–Aunque no pretendía remarcar tanto las palabras,  sonó casi impertinente.
–¿Qué pensáis vos?
–Que si las mujeres tuvieran las mismas oportunidades de ser útiles que los hombres, se las vería de otra manera.
–Las mujeres son útiles, igual que los hombres, pero no las mujeres de vuestra posición.
Ella movió la cabeza suavemente, con algo de fastidio.
–Por supuesto– sabía desempeñar el papel que se esperaba de ella, podía ser toda una dama, así que se quedó en silencio, guardándose sus ideas.
Lord Baker la observó profundamente. Le intrigaba esa jovencita delicada y hermosa que parecía ocultar un corazón rebelde y altanero.
–Podéis decirme lo que pensáis. Sois mi esposa, y este es vuestro castillo, decidme que os gustaría hacer.
Levantó los ojos hasta encontrarse con los suyos. No sabía qué esperaba descubrir, pero lo que vio la dejó sorprendida: parecía sincero. Bajó la vista y miró sus propias manos, pequeñas, tan débiles e inútiles. Por supuesto que no abriría su corazón a ese desconocido, aun cuando él quisiera engañarla, haciéndole creer que la entendía. Jamás confiaría en ese hombre.
–Haré lo que creáis más conveniente para mí, soy vuestra esposa y sé que no debo contradeciros– dijo.
–Podéis contradecirme, es parte de vuestros privilegios.
–No tengo privilegios, señor, soy solo una mujer– Sus ojos celestes lo miraron desafiantes, indomables. Él, por una vez, no supo que más decir.


Unos golpes suaves en la puerta. Miré mi reloj. Puntual como se esperaría de un caballero.
Caminamos por el estrecho sendero hasta lo alto de la colina. Rodeamos el castillo y nos sentamos en un pequeño bosquecito de pinos donde algún sirviente había preparado la comida. Era un picnic perfecto, con un hermoso mantel a cuadros rojos y blancos extendido sobre el césped y toda clase de delicias acomodadas en platos blancos: carnes, ensaladas, frutas, tartas, panes y salsas. Dos copas cristalinas esperaban junto a un cubo lleno de hielo que contenía una botella de vino bermellón.
Nos sentamos en el suelo y comenzamos a comer inmediatamente, la caminata me había abierto el apetito y Lionel me miraba divertido mientras llenaba mi copa.
–Disfrutas de la comida–dijo sonriendo –, eso es bueno.
–¿Estás acostumbrado a las chicas que apenas prueban bocado?–pregunté burlona.
–La verdad es que no estoy acostumbrado a las chicas–dijo mientras devoraba un pequeño sándwich de jamón.
–¡Mentiroso!
–Es la verdad–respondió mirándome a los ojos, y aunque eso me parecía inadmisible, vi que decía la verdad.
–¿Quieres hacerme creer que no hacen cola para conocer al joven y apuesto dueño del castillo?
Negó con la cabeza mientras masticaba con fruición.
–¿Cuántas novias has tenido?
Levantó la vista sorprendido.
–Solo me he enamorado una vez en mi vida– su mirada se había vuelto triste y profunda.
–¿Qué pasó con ella?–pregunté suavemente.
–La perdí–dijo sin agregar nada más. Algo en sus ojos me obligó a no seguir interrogándolo.
Desvié mi vista a lo lejos hacia el pueblo, tratando de imaginar qué clase de mujer habría conquistado el corazón de lord Lionel.
–¿Y tú?
Lo miré con curiosidad.
–¿Cuántos novios has tenido?
Sonreí, me devolvía el golpe entrometiéndose ahora él en mi vida.
–Muy pocos, asusto un poco a los hombres.
–¿Y cuántas veces te has enamorado?
Sus ojos se clavaron en los míos, tratando de descubrir algo que yo quería ocultarle.
–No lo sé –dije con sinceridad.
Sonrió.
–¿Te has enamorado alguna vez?
–No lo sé –repetí – ¿Es posible enamorarse más de una vez? Quiero decir…Creo que…No me hagas caso.
–No, dime.
Me miraba atentamente.
–Creo que no siempre es fácil encontrar el amor, que muchas veces confundimos amor con capricho o simplemente con deseo. Creo que ese amor real y verdadero solo se encuentra una vez. O muchas veces simplemente no se encuentra en toda la vida.
–O sea que si te has enamorado una vez, ¿ya nunca más volverás a enamorarte?
–Sé que suena duro, pero es lo que creo. El amor es demasiado importante y profundo, no puede llegar y desaparecer así como así.
Asintió pensativo.
–¿Tú qué crees?– pregunté.
–Estoy de acuerdo contigo.
Sonreí sorprendida.
–Una anticuada manera de pensar…
–Soy anticuado.
Lo observé mientras se inclinaba a llenar las copas una vez más.
–¿Por qué estás aquí, Marianne?
–He venido a escribir, tengo un contrato con la editorial por un nuevo libro y debo terminarlo en unos meses.
–¿Por qué estás aquí, de verdad?
¿Qué quería descubrir el joven lord? ¿Quería yo compartir mi secreto con él?
Suspiré, deseando liberarme del peso y el dolor que me agobiaba.
–“Es una larga historia”, como dicen en las películas– contesté sonriendo.
–Tenemos toda la tarde– dijo sonriendo a su vez y extendiendo su mano –Ven, demos un paseo  mientras me cuentas.
Dudé uno segundos y me puse de pie.
Me llevó de la mano por uno de los senderos que llegaba hasta el castillo, cruzamos el puente, y, aun de su mano, me guió hasta los jardines.
–¿Qué es lo que te tiene tan angustiada?–preguntó mirando fugazmente mis ojos.
–¡Son tantas cosas! A veces no sé quién soy. A veces tengo recuerdos incompletos de una vida que sé que jamás he vivido. Desconozco a las personas que estaban más cerca de mí, y echo de menos a otras que jamás he visto.
Intentaba no sonar trágica, pero sentía que no lo conseguía
–Después del accidente me he convertido prácticamente en otra persona, y lo peor es que estoy haciendo sufrir a la gente que quiero, y que me quiere.
–¿Qué te han dicho los médicos?
–Que es normal, que debo tener paciencia, que pronto todo se acomodará en mi cabeza. Pero hay cosas que están cada vez peor.
Sentí que aferraba mi mano. Era un gesto tierno y seguro, sonreí  agradecida mirándolo a los ojos.
–Estoy bien–dije rápidamente– Parece más dramático de lo que es.
Estaba tratando de quitarle importancia para no darle lástima, y él se dio cuenta. Oprimió suavemente mi mano y la soltó.
–Cuando realmente necesites esos recuerdos, vendrán solos a tu mente. No te mortifiques más.
Cortó una preciosa rosa y me la ofreció.
–Cuidado con las espinas–dijo con su exquisita sonrisa.
La acerqué a mi nariz y aspiré el delicioso perfume.
Por encima de los rosados pétalos, unos metros más adelante, vi la vieja construcción medio escondida entre los árboles.
–¿Qué es aquello?– pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
–Es una antigua capilla–respondió, restándole importancia.
–La capilla que sir Owein hizo construir cuando desapareció su amada.
Lionel asistió mirando las ruinosas paredes con los ojos entrecerrados.
Empecé a caminar hacia ella, embelesada, como si una fuerza extraña me atrajera.
–¿A dónde vas?
–Quiero verla de cerca.
–Está medio derruida–dijo él.
–No importa–agregué casi para mí.
Efectivamente las paredes se encontraban cubiertas de moho, y con grietas y desconchados, sin embargo la pesada puerta estaba asombrosamente cuidada, como si lustraran su madera cada día. Los herrajes, la manivela y hasta el mismo cerrojo por donde entraba la llave, estaban brillantes y limpios.
–Es preciosa–dije mirando la puerta y la inscripción del
dintel–¡Cuánto debió sufrir al perderla!–añadí casi sin pensarlo. Me sorprendí a mí misma, unos días atrás ni siquiera creía en esa historia.
Miré a Lionel que, en silencio, observaba la inscripción.
–Volvamos–dijo desviando la mirada.
Regresamos caminando lentamente a casa. Estaba oscureciendo y el reflejo tardío del sol lo volvía todo rojo y aterciopelado.
Al abrir la puerta comenzó a sonar el teléfono, corrí a atender mientras él esperaba en la entrada.
–¿Si?
Marianne
El corazón se me paralizó un instante. ¿Quién le había dado mi número?
Miré a Lionel, no sé qué vio en mis ojos. Se acercó rápidamente.
–¿Estás bien?
Marianne, ¿estás ahí?
–Si–respondí lentamente.
Cubrí el auricular con mi mano.
–Lo siento Lionel, necesito contestar esta llamada…
–De acuerdo– dudó un momento–. Te llamo luego.
Respiré profundamente.
–Aquí estoy Jordan…


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