sábado, 23 de enero de 2016

Aquí te esperaré por siempre:segundo capítulo

Te regalo el SEGUNDO CAPÍTULO  de AQUÍ TE ESPERARÉ POR SIEMPRE. ¡Disfrútalo!


Lee el PRIMER CAPÍTULO AQUÍ

14 de septiembre de 2015

En los tres días siguientes me aboqué a mi libro. Me sentía inspirada y la historia fue tomando forma.
Sólo me acerqué a la cocina a prepararme algún sándwich y sobreviví gracias a los dulces de María.
Esa tarde estaba completamente sumergida en la escritura cuando el chirrido de unos frenos me sacó de mi profunda concentración.
Levanté la vista justo para ver por la ventana cómo un enorme coche negro chocaba contra el árbol que estaba frente a mi puerta.
Salí corriendo de la casa. No se veía a nadie en la calle. Me acerque a la portezuela del conductor y traté de abrirla. El hombre parecía inconsciente, o muerto. Tenía la cabeza apoyada contra el volante y un fino hilo de sangre le corría por el costado de la frente.
Observé, con asombro, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, de modo que, contra todo lo que había escuchado hacer en caso de accidentes, lo arrastré lejos del coche hacia la acera. Con bastante dificultad ya que a pesar de mi metro setenta él debía medir unos veinte centímetros más que yo.
Un par de vecinos se acercaron a ayudarme, al mirar bien al herido vi que se trataba del joven lord. Sentí su respiración y me tranquilizó saber que no estaba muerto. Su rostro se veía relajado y, aunque no era hermoso, tenía un aire arrogante que lo hacía apuesto. El cabello castaño le caía casi hasta los hombros, y a pesar de que generalmente no me gustaba el pelo largo en los hombres, a él le sentaba maravillosamente bien, le daba un aire distinguido. Me asombraba no haberme percatado de todos esos detalles cuando lo había visto por primera vez, quizás no había tenido el tiempo suficiente para mirarlo.
Abrió los ojos y me observó tratando de enfocarme.
Una sonrisa amplia y deliciosa iluminó su rostro y en un instante desapareció toda la altanería.
–¡Milady!–dijo.
Sonreí a mi vez comprendiendo que me confundía con otra persona. Me pareció muy tierna la manera de llamar a su amada.
–No soy” tu lady”, pero no debes moverte, pronto llegará la ambulancia.
Seguía  mirándome embelesado.
Un hombre que pasaba con su coche se había detenido.
–¿Está bien? –preguntó acercándose a nosotros.
–Se ha golpeado muy fuerte. Llame a una ambulancia, por favor.
El hombre asintió mientras sacaba su teléfono móvil.
–Al fin estás conmigo. Te amo. ¿Lo sabes?
Miré al muchacho y me embargó un sentimiento de ternura. No quise contradecirlo.
–Sí, lo sé.
Cerró los ojos, se desvanecía otra vez. Lo zamarreé con vigor.
–No me dejes, quédate conmigo. Mírame, estoy aquí.
Volvió a mirarme y la dulzura desapareció. Trató de incorporarse.
–Estoy bien. Puedo caminar–dijo mientras yo trataba de mantenerlo recostado.
–No, no estás bien. Te has golpeado la cabeza y no debes moverte hasta que venga la ambulancia.
Me miró recorriendo lentamente mi cara.
–Estoy bien, por favor apártate–dijo suavemente.
–No–respondí sosteniendo su mirada.
Pareció desconcertado.
–No voy a dejar que te levantes, porque no pienso ser la responsable de que vuelvas a caerte o algo peor.
–Estoy perfectamente.
–No estás perfectamente, hace solo unos instantes me confundías con tu novia. 
Entrecerró los ojos.
–¿Con mi novia? No tengo novia.
–¿No?... me llamaste “milady”.
Frunció el ceño. Sus ojos se clavaron en los míos y por un instante algo que no alcancé a comprender se reflejó en su mirada. El sonido de la sirena me obligó a desviar la vista. Rápidamente dos paramédicos se acercaron con la camilla y en un momento lo apartaron de mi lado. Sus ojos me buscaron antes de alejarse, parecía intranquilo.
Volví a mis ocupaciones, aunque me costaba concentrarme en lady Laura y su hermana Isabel. Mi mente volvía una y otra vez a esos ojos color miel, y la manera en que me miraban cuando creían que yo era su amor. Suspiré y miré la pantalla del ordenador. Una idea vino a mi cabeza y, sonriendo, empecé e escribir:
“El temor que sentía desapareció apenas él entró al salón. Era, sin duda, el hombre más hermoso que había visto en su vida: alto, fuerte y gallardo, con el porte de un caballero. Su rostro enmarcado por el cabello castaño que casi rozaba los anchos hombros, tenía la expresión algo desdeñosa de quién ha nacido con privilegios, sin embargo sus ojos, dorados a la luz de la lumbre, despertaron un sinfín de sentimientos en su corazón.
Se inclinó levemente sin acercarse.
–Bienvenida, lady Laura– dijo simplemente– Pronto os acompañarán a vuestros aposentos.
Ella hizo una suave reverencia sin pronunciar una sola palabra. Se sentía tan impresionada que no podía hablar. No podía creer que ese hombre que casi había hecho saltar su corazón al mirarlo, era el monstruo del que todos hablaban y a quién todos temían. Había escuchado mil historias sobre él. Entendía que muchas serían meras invenciones o exageradas habladurías de sirvientes, pero algo de verdad debía de haber en algunas de ellas.
Años atrás había escuchado cómo este bárbaro había cortado las manos a uno de sus hombres solo por haberlo encontrado sentado a su mesa comiendo de su comida. Inmediatamente montó en cólera y sin ningún tipo de explicación, tomó al soldado y lo castigó de esa manera.
Las historias en el campo de batalla eran aún más horrendas, dejaba todo cubierto de sangre a su paso y no perdonaba la vida ni siquiera a las mujeres o a los niños
Sabía que todos los nobles le temían y preferían tenerlo como aliado, y entendía porque su padre había consentido de inmediato en entregarla como esposa, en el mismo instante en que lord Baker se lo había pedido. ¿Quién se atrevería a negarse?
Pero el entender estas cosas no hacía que su temor fuera menor, por lo que su sorpresa fue en aumento al ver que no solo era apuesto y elegante, sino que además la trataba con cortesía, algo que sin duda ella no había esperado.
–Pasemos a la mesa, estaréis hambrienta– dijo con voz grave mientras le ofrecía la mano para acompañarla.
–Gracias señor, no tengo apetito. Desearía ir directamente a mis habitaciones– se asombró de su valor, pero prefería morir allí mismo por contradecirlo que comportarse como un cachorro asustado.
La miró fugazmente.
–Como gustéis– dijo acercándose a la chimenea– Mañana deberéis estar dispuesta temprano. No quiero que se retrase la boda, debo partir al día siguiente.
Volvió a mirarla, inclinó la cabeza y se alejó a paso rápido dejándola sola en la habitación”.
El timbre de la calle me trajo nuevamente al presente.
Al abrir la puerta me quedé perpleja al encontrarme con lord Baker cara a cara: alto, fuerte y gallardo. Su rostro enmarcado por el cabello castaño que casi rozaba los anchos hombros, tenía la expresión algo desdeñosa de quién ha nacido con privilegios, sin embargo sus ojos, dorados, despertaron un sinfín de sentimientos en mi corazón…
Moví la cabeza para lanzar lejos esos pensamientos. “Tu imaginación no tiene límites, Marianne”, pensé sonriendo
–Hola– dijo el joven lord–siento molestarte.
–¿Ya te dieron el alta? –pregunté sorprendida.
–Sí, me hicieron algunas pruebas y todo está bien, el golpe no fue muy fuerte.
Lo miré un instante dudando de que estuviera diciendo la verdad. Carraspeó.
–¿Estabas ocupada? –preguntó mirando la mesa donde permanecía abierto mi portátil.
–No, solo estaba escribiendo –Y dándome cuenta que aún lo tenía de pie en la puerta de calle agregué–Pasa.
Entró a mi salón agachando la cabeza para franquear la puerta.
–Quería agradecerte tu amabilidad de esta tarde.
–No fue nada, solo cuidé de ti unos pocos minutos– contesté.
No quería mirarlo demasiado a los ojos porque al hacerlo no podía evitar imaginarlo con lady Laura junto al fuego.
Lo invité a sentarse. Negó con la cabeza.
–Gracias, es muy tarde y sé que no son horas de visitas–. Volvió a mirar la pantalla con curiosidad– ¿Qué estás escribiendo?
–Un libro, una novela en realidad.
–¿Una novela?
–Sí, romántica.
Su característico gesto de superioridad volvió a su rostro. Había permanecido muy serio todo el tiempo, pero ahora una leve sonrisa destelló en sus labios.
–Novela romántica. Interesante.
Sentí que se burlaba de mí, y traté de no ponerme a la defensiva.
–¿Te gusta leer?
–Prefiero las novelas históricas.
–¿De qué época?
–Medieval–contestó–Es un período de la historia que conozco bastante bien.
–¿Si? Esta se desarrolla en un castillo medieval, por eso he venido a escribir aquí, quería inspirarme cerca de uno de verdad.
Enarcó una ceja.
–¿No estarás intentando copiar la historia de sir Owein?
Reí.
–No, por cierto la historia me parece muy poco creíble–agregué.
–Dicen que es verdadera –replicó gravemente.
–¿Si? ¿Y tú lo crees? Imagino que no habrás visto a la mujer de cabellos rojos en el bosque.
Me miraba atentamente, como si estuviera descubriendo algo en mí de lo que antes no se había percatado.
–No, la vi en los jardines del castillo.
Bromeaba, así que le seguí el juego.
–¿Es tan hermosa como dicen?
–Mucho más. Tiene ojos azules, como los tuyos.
Me desconcertó un instante. Se mantenía distante y correcto,  pero sus palabras…
Sonreí.
–Mis ojos no son azules como el “cielo nocturno” –dije desviando la mirada –son simplemente azules.
Continuó observándome en silencio.
En ese momento Byron llegó de la cocina. Venía contento moviendo la cola, al verlo se paró en seco y comenzó a gruñir.
Lo miré asombrada.
–¡Byron!–dije tratando de controlarlo.
Se dio la vuelta y volvió rápidamente a la cocina.
–No te preocupes, no le caigo bien a los perros. Ni siquiera me quieren los de mi propia casa.
Reímos los dos.
Extendió su mano y agregó:
–Debo irme. Mi nombre es Lionel.
–Marianne –dije estrechando su mano –Espero que volvamos a vernos –agregué sin saber por qué.
–Por supuesto –Se encaminó hacia la puerta, la abrió y se volvió.
–Deberías venir a conocer el castillo. Sé que te gustaría.
Lo miré asombrada.
–Seguro que sí –no podía creer en mi buena suerte.
–Entonces quedaremos de acuerdo para una visita guiada –agregó sonriendo.
–Cuando quieras.
Ni por asomo había imaginado la posibilidad de entrar al castillo, ahora se me ofrecía la oportunidad de visitarlo acompañada nada menos que por el apuesto lord Lionel. Sin duda muchas buenas ideas para mi libro vendrían a mi mente al recorrer esas habitaciones.
Estaba ansiosa porque él confirmara la invitación, pero pasaron varios días sin que volviera a verlo. Unas dos semanas después llegó un mensajero. Me entregó una nota escrita a mano en elegante cursiva:
Marianne, te espero esta noche a las siete para cenar juntos. Luego, cumpliendo con lo prometido, te mostraré todos los secretos del castillo.
Hasta la noche.
Lionel
Me sentí extrañamente nerviosa,  no sabía cómo se esperaba que vistiera,  no tenía ropa elegante para una cena en un castillo. Al fin me decidí por un atuendo informal, eso dejaría claro que no había ninguna intención romántica de por medio, ya que lo de “cenar juntos” me había preocupado bastante. Por supuesto yo no estaba inclinada a tener ningún tipo de relación, ni siquiera quería un nuevo amigo. Mi situación era lo suficientemente complicada como para mantenerme a una distancia prudente de cualquier hombre atractivo de la región. Pero esta era una invitación que a pesar de eso no podía rehusar, era una oportunidad que solo se me presentaría una vez.
Mientras me arreglaba me prometí mostrarme fría y distante, cortaría de raíz todas sus insinuaciones (si las había) y dejaría claro cuáles eran mis intenciones.
Estaba casi lista cuando tocaron a mi puerta. Al abrir me encontré con un elegante chófer junto a la puerta de un magnífico coche.
“El príncipe ha mandado al cochero en busca de su dama” pensé sonriendo y subí al automóvil.
Si el castillo de lejos era imponente, de cerca era simplemente impresionante. No solo su tamaño, sino la recia arquitectura, la antigüedad de sus muros, su jardines, todo denotaba fuerza y poder.
Atravesamos el puente levadizo que se conservaba intacto, solo que el foso que rodeaba la muralla había desaparecido.
Nada más penetrar nos encontramos en una especie de patio, de unos cien metros de ancho por trecientos de largo, que rodeaba la construcción central, perdiéndose a derecha e izquierda. El coche giró a la izquierda, recorrió unos cien metros más y volvió a doblar para atravesar la gran puerta principal, con su respectivo rastrillo de madera y puntas de metal, que había protegido tantas veces a la antigua fortaleza de los ataques enemigos. Entonces un poco más allá, se detuvo frente a la puerta de la torre de Homenaje.
No podía observar mucho los detalles ya que estaba poco iluminado pero adiviné la altura de esa parte de la construcción, más o menos tendría unos veinticinco o treinta metros. Hacia ambos lados se distinguían edificios más bajos, de unos siete u ocho metros,  que partían desde la torre hacia el norte y el sur respectivamente.
El cochero esperaba respetuosamente junto al automóvil, me acerqué despacio a la puerta de madera a la que se accedía por anchos escalones de piedra.  Un elegante arco doble con dintel la enmarcaba. A la luz del atardecer toda la fortificación parecía de caliza, casi blanca.
Al abrirse, la cálida luz del interior me iluminó.
–Bienvenida –dijo Lionel ofreciéndome la mano para subir los últimos escalones.
–Gracias por la invitación –dije tomando su mano.
Caminó delante de mí por un pasillo iluminado por tenues luces amarillas que imitaba a las antorchas. Al final, a través de una enorme puerta oscura de doble hoja, me hizo pasar al salón. Las dimensiones eran magníficas, ya que antiguamente ese recinto estaba ocupado por los almacenes y los salones de la guardia, y aunque había visitado numerosos castillos en el último año, nunca había visto nada parecido. Habían conservado las paredes y los suelos de piedra y se veían algunas rústicas vigas en el techo, por lo demás, tranquilamente hubiera podido hallarme en el sofisticado loft de un excéntrico famoso. Los muebles, los cuadros, la decoración de líneas puras y minimalista era exquisita, revelaban buen gusto y un abultado presupuesto.
Las luces estaban distribuidas estratégicamente para dar a todo el recinto un aire muy íntimo, a pesar de su tamaño.
Lionel esperaba que yo observara y asimilara todo lo que veía, no tenía prisa.
Recorrí parte de la estancia tocando suavemente la piedra blanca de las paredes. Contrastaba con las puertas y ventanas oscuras. Me giré, él me estaba observando.
–¿Quién remodeló esta parte del castillo?
–Lo mandé a hacer hace ya muchos años, últimamente solo he cambiado los muebles, algunas luces y poco más.
–¿Vives solo aquí? –pregunté asombrada, no se me había ocurrido que él también estuviera solo.
–Si –dijo simplemente.
Me volví para observar uno de los cuadros, de estilo moderno y abstracto.
–No te sientes algo abrumado, ¡esto es tan enorme!
–A veces, pero estoy acostumbrado –Se acercó a un mueble –¿Quieres beber algo?
–Un refresco, gracias.
Preparó dos vasos y nos sentamos en unos cómodos y lujosos sillones de piel.
–Cuéntame tu historia–dije mirándolo por encima de mi vaso –¿Cómo es posible que vivas aquí? Mantener esta fortaleza debe costar una fortuna.
Sonrió mientras bebía.
–Mis antepasados me dejaron una buena herencia, con la condición de que mantuviera el castillo en condiciones.
–¿Te gusta vivir aquí?
–Siempre he vivido aquí, no podría dejar este castillo.
Lo miré a los ojos un instante, él mantuvo la mirada como si quisiera decirme algo.
–¿Y tu historia Marianne?
Sonreí, ¿mi historia? Sin duda era sumamente aburrida.
–Nada interesante, yo nací en una simple casa de ciudad.
Reímos.
–Una casa preciosa, eso sí, diseñada por mi padre. El me crió, ya que mi madre murió cuando yo tenía dos años –dije sonriendo–Me enseñó todo lo que se, de hecho estudié arquitectura por él, siempre admiré su trabajo. Es un hombre increíble, el mejor hombre que he conocido, generoso, divertido. A pesar de su trabajo siempre me dedicó muchísimo tiempo. Ellos no podían tener hijos, mis padres. Me adoptaron cuando yo tenía un mes, pero ya eran mayores, creo que realmente yo cambié su vida…–Lo miré, algo melancólica, no agregué que también ellos cambiaron la mía, al llevarme a su hogar sin importarles que yo había sido abandonada de la manera más espantosa–Hace una par de años comencé a trabajar en un estudio, no en el de mi padre, porque quería ser independiente. Me iba bastante bien,  pero el año pasado tuve un accidente y estuve en coma por varios meses– Desvié la vista, él me miraba gravemente.
–Cuando desperté no recordaba quién era, ni siquiera mi nombre. Poco a poco he recuperado parte de mi vida, aunque aún tengo muchísimas lagunas.
Sonreí avergonzada, no sabía porque le había contado todo de un tirón.
–¿Cómo fue el accidente? –preguntó.
–No lo sé. Me encontraron tirada junto a una carretera, con mi coche cerca, pero no se sabe de dónde venía ni adónde iba. Y lo peor es que yo no puedo recordarlo. Pero no tenía golpes ni señales de maltrato.
Me escuchaba en silencio, casi con tristeza, pero también había algo más en sus ojos. Sonrió y yo sonreí a mi vez, algo avergonzada de mi parloteo. Seguramente pensaba que era una chica tonta y aburrida, imaginé que estaría acostumbrado a las mujeres sofisticadas y elegantes.
Recordé mi sencillo atuendo y deseé haber elegido algo más refinado para sentirme segura a su lado.
Volví a mirarlo, seguía observándome sin sonreír. Ojalá descubriera qué estaba pensando.
–Te advertí que mi historia no era muy interesante –dije justificándome.
–Eres una mujer muy interesante Marianne, en todos los sentidos – Sostuvo un momento mi mirada y se puso de pie – ¿Pasamos a la mesa?
En un rincón del enorme salón habían preparado una elegante mesa para dos. Nos sirvieron una cena deliciosa acompañada de un vino exquisito.
Conversamos sobre los más diversos temas: arquitectura, pintura, y libros, por supuesto. Se interesó por mi primera novela. Prometió comprarla y leerla, y yo prometí compartir con él, la próxima vez que lo visitara (porque habría una próxima vez), partes de mi nuevo libro.
Después de los postres y el café, a pesar de que eran más de las diez de la noche, se puso de pie y me ofreció su brazo para guiarme por el castillo.
Todo me parecía muy irreal, quizás por esa enorme habitación, con sus techos sumamente altos y sus muros fríos y señoriales. Me llevaba tomada de su brazo, como si realmente fuéramos una dama y un noble caballero, como si de verdad perteneciéramos a esa fortaleza.
Caminamos en silencio, cruzamos una enorme arcada y, más allá, otra puerta de doble hoja. Precisamente en ese lugar la magia comenzó, llevándome a la época de lady Laura y su hermana, de sir Owein y su amada. No sé si a otras personas les hubiera pasado lo mismo, pero una especie de encanto placentero llenó mis sentidos, haciéndome creer que estaba en ese tiempo. Mirar a mi acompañante me ayudaba a hacer más real mi fantasía, las suaves ondas de su cabello castaño, su porte recto y señorial, sus ojos que parecían conocer todos los misterios y entresijos de ese lugar, todo en él, me ayudaba a seguir flotando en el hechizo de esas paredes, salvo el jean desgastado y el teléfono móvil que asomaba del bolsillo de la camisa.
Tomó una vela y la encendió, el calor de la llama iluminó su cara. Comenzamos a subir una antiquísima escalera de piedra caliza, con los peldaños gastados. Los cuadros de antiguos y circunspectos personajes que estaban en las paredes volvían a ocupar sus lugares a medida que la tenue luz los alumbraba.
– ¿Visitas con frecuencia esta parte del castillo?­ –pregunté acercándome más a él. Sentía una extraña inquietud al saber que estábamos completamente solos, tal vez los fantasmas vendrían a hostigarnos, furiosos por haberlos despertado de su interminable letargo.
Me miró divertido, percibía mi nerviosismo.
–Casi nunca, alguna vez cuando están haciendo limpieza recorro algunas de las habitaciones, pero hacía mucho tiempo que no venía aquí de noche.
Me miró con malicia.
–¿Tienes miedo a los fantasmas?– pregunté sonriendo.
Su sonrisa se desdibujó lentamente, volvió a mirar al frente mientras levantaba la vela para iluminar el camino.
–No, tengo miedo a los recuerdos.
–¿Recuerdos? ¿Qué recuerdos?
Suspiró y no contestó.
Lo observé un instante, parecía triste. Me pregunté qué secretos guardaría lord Lionel en su corazón. ¡Cuán solitaria sería su vida en ese enorme baluarte! ¿Cómo era posible que alguien deseara vivir allí solo?
Se volvió y sus ojos se encontraron con los míos.
–Y tú… ¿tienes miedo a los fantasmas?
–Si –dije algo avergonzada– Un lugar así, de noche… No vendría aquí sola ni por todo el oro del mundo.
Continuaba mirándome, con una tenue sonrisa en sus ojos dorados.
–No tengas miedo, estoy aquí contigo.
Si no fuera porque acababa de conocerlo y me había prometido ser distante y fría, habría escondido mi mano entre las suyas buscando esa protección que él me ofrecía.
Nos miramos un momento. Una ternura desconocida me sobrecogió y sentí un deseo inmenso de abrazarlo, desvié la vista confundida.
Llagamos al primer piso.
–Aquí están mis habitaciones–dijo–Subamos un poco más, creo que hay algo que te va a gustar.
Subimos otro piso, y continuamos caminando unos metros en silencio hasta que se detuvo frente a uno de los cuartos.
–Este es el dormitorio de la amada de sir Owein–dijo abriendo una pesada puerta.
Entró y dejó la vela sobre una repisa.
–¿Conoces la historia?
–Más o menos–contesté.
Me acerqué a la enorme cama con dosel que ocupaba el centro de la estancia. Estaba preparada como si esperara a su dueña: sábanas blancas de hermosos bordados, suaves y mullidas almohadas, un acolchado de raso azul que caía en románticas ondas hasta el suelo.
–¿Habrá sido feliz aquí? –pregunté casi para mí misma.
–¿Quién?
Lo miré sorprendida.
–Ella, su amada.
–Sí.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque él la amaba.
Me sentía triste, no sabía por qué me había invadido una angustia repentina.
–En realidad no lo sabes, quizás en esta habitación, en esta misma cama derramó muchas lágrimas.
Acaricié las almohadas dulcemente.
–No –dijo Lionel –mientras estuvo a su lado fue feliz, lo sé.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
–Él supo amarla, le entregó su corazón completo, sin guardarse nada.
Levanté los ojos hacia él.
–¿Existe un amor así? ¿Es posible que alguien ame de esa manera?
Me miró en silencio.
El recuerdo de otra mirada vino un instante a mi mente. Una mirada que, hasta apenas unos meses atrás, yo adoraba.
Me giré hacia la ventana. La luna se distinguía brumosa a través de las nubes, abajo, a lo lejos el pueblo dormía protegido por el gigante medieval.
No, no existía un amor así, en realidad nadie era capaz de amar de esa manera, ni siquiera yo misma.
–¿Tú serías capaz de amar así?–pregunté aun dándole la espalda.
Como no respondía me volví a mirarlo. Se había acercado a la chimenea y observaba algo que tenía entre las manos. Levantó la vista.
–Si –dijo.
Guardo el objeto en el bolsillo, tomó la vela y se dirigió a la puerta.
–Ven, te mostraré algo.
Salimos al pasillo, caminamos un par de metros, y él abrió otra puerta en silencio.
No necesitó decirme de quién era ese dormitorio, lo supe apenas traspasar el umbral.
Miré a mi alrededor: los muebles oscuros, la cama de madera fina, la mesa debajo de la ventana, la chimenea. Encima descansaba un enorme cuadro, la pintura de una mujer. Tomé la vela y la acerqué al lienzo. Ella me miraba, con sus ojos azules, con su sonrisa triste. Me desgarró el corazón ver esa tristeza, la sentí casi tan profunda como la mía.
Acerqué más la llama, sus rasgos estaba algo desdibujados, como si el pintor hubiera querido plasmarla etérea e impalpable.
–¿Quién la pintó?
–Él la mandó pintar– Se había acercado y estaba a mis espaldas. Me volví y quedamos a apenas unos centímetros.
–¿Antes o después de perderla? –pregunté.
–Antes, era su regalo de bodas– dijo tomando la vela de mi mano. Se detuvo un instante rozando mis dedos. Un sinfín de sentimientos revolucionaban mi corazón de una manera tan extraña que me sentía confusa. Él estaba muy cerca, podía sentir su respiración, levemente agitada.
Lo único que podía suceder en ese momento era que nos besáramos, es verdad que no teníamos motivo y que ningún suceso romántico había acontecido, pero lo único que yo deseaba, y sospecho que él también, era un beso.
Se inclinó hacia mí, sus ojos rogaban en silencio, busqué un motivo en esa mirada, una respuesta a lo que yo misma estaba sintiendo. Cuando empezaba a vislumbrar su secreto los cerró, impidiéndome la entrada a su corazón y se alejó unos pasos.
Sin hablar me dirigí hacia la puerta, no quería seguir allí, ese cuarto me trastornaba de una manera peligrosa.
Volvimos en silencio sobre nuestros pasos hasta el salón principal, otra vez al  ambiente moderno y sofisticado.
–¿Te gustó?–preguntó volviendo a ser el de antes.
–Es impresionante, mucho más hermoso que cualquiera de los que he visitado.
Sonrió.
–Lo digo en serio
–¿Quieres una copa?
Dudé un momento.
–Es tardísimo, creo que prefiero volver a casa– había probado muy de cerca los encantos de lord Lionel, necesitaba recuperar mi autocontrol.
–De acuerdo, llamaré al chófer para que te lleve.
Caminamos hasta el puente levadizo, el coche nos seguía lentamente.
–Gracias por la invitación–dije extendiendo mi mano– Y por la cena.
–Gracias por venir y por permitirme conocerte.
Tomó mi mano y la besó.
Lo miré sorprendida.
–Es lo que se estila aquí–dijo sonriendo.
Abrió la puerta del coche.
–Hasta pronto. Me debes una cena con lectura incluida– agregó.
Mi libro, casi lo había olvidado.
–Te llamaré–dije.
Mientras el coche se alejaba no pude evitar volverme a mirarlo. Observaba el automóvil con aire ausente. No sé si me vio, pero yo continué mirándolo hasta que la curva del camino lo ocultó de mi vista.

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