jueves, 4 de febrero de 2016

Aquí te esperaré por siempre: tercer capítulo


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20 de septiembre de 2015

Al día siguiente desperté muy tarde con unos golpes en la puerta. Me asomé a la ventana, sonreí al ver a María con un plato cubierto por una servilleta.
–¿Dormías?–preguntó al ver mi aspecto.
Asentí somnolienta.
–¿Te quedaste escribiendo otra vez hasta la madrugada?– dijo mientras buscaba una taza y ponía agua a calentar.
–No, estuve cenando con un apuesto caballero.
Me miró curiosa.
–¿Un apuesto caballero por aquí? No logro imaginar quién puede ser.
–Un lord– dije sonriendo.
Levantó ambas cejas sorprendida.
–¿De verdad? Creí que no te caía muy bien.
Se sentó mientras me acercaba la taza, dispuesta a enterarse de todo.
–Al contrario, es muy amable. Me invitó a cenar en el castillo y recorrimos gran parte del ala norte.
–¿Te gustó?
–Ohhh! María, no te imaginas lo precioso que es ese lugar, y lo bien cuidado que está. Ni siquiera hay polvo en las habitaciones, los muebles están perfectamente lustrados, y los tapices aún conservan sus brillantes colores, la verdad no sé cómo lo logra, debe gastar fortunas en…
–Preguntaba si te gustó él.
–¿Él?–dije evitando contestar.
Me miró sonriente.
–Está bien, ya tengo mi respuesta.
–¡No, no, no, no estoy para romances! De modo que no te hagas ideas de ningún tipo.
–Ya veremos–dijo simplemente.
Después que ella se fue tomé mi portátil para continuar la historia. No quería pensar demasiado en Lionel y los sucesos de la noche anterior. Había ocurrido todo lo que yo no quería que sucediera: él se había mostrado adorable, había descubierto que en realidad no era un individuo engreído y egoísta, sino un hombre triste y solitario, había despertado ternura y quien sabe que más en mi corazón y yo… me había mostrado estúpida, olvidando todos mis buenos propósitos apenas él se acercó lo suficiente.
A pesar de estar enojada conmigo misma, un cosquilleo agradable subía a mi garganta cuando recordaba sus ojos, o el brevísimo contacto con sus manos.
Abrí el portátil obligándome a centrarme.

Apenas cerró la puerta de la habitación los gemidos, reprimidos durante todo el viaje, escaparon ahogados. Se sentó en la cama mientras todo su cuerpo se agitaba por el llanto. Quería morir. Al día siguiente, a esa hora, estaría desposada con lord Baker, y él sería su dueño y señor. No sabía exactamente qué le esperaba pero imaginaba que todo lo que pudiera venir de ese hombre sería aterrador.
Se quedó dormida con la ropa de viaje, acurrucada en esa enorme cama, con las mejillas empapadas y las manos crispadas alrededor del camafeo con la foto de Isabel.
Si hubiera visto la mirada del hombre que, horas después, abrió suavemente la puerta del dormitorio, se habrían alejado todos sus temores.
Él se acercó, apartó los cabellos que cubrían su cara y la observó en silencio. Luego tomó el camafeo y lo abrió, una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. La cubrió con una manta y abandonó la habitación.

Un trueno, luego otro más estruendoso y la lluvia comenzó a caer con estrépito. El cielo se había vuelto oscuro como si fuera el atardecer.
Dejé el portátil y me acerqué a la ventana observando la calle. Las gotas caían con fuerza formando “soldaditos” en los charcos, nunca supe porque mi padre los llamaba así.
Me perdí en mis recuerdos, otra lluvia, unos años atrás…

5 de agosto de 2013

–¿Puedes bajar un poco la velocidad? Quiero ver crecer a mis nietos.
Despegué el pie del acelerador.
–No trates de distraerme Juan, no es justo y lo sabes.
Cambié de carril tratando de ver la salida que debíamos tomar.
–Mari, tu sabes cuán importante es tu trabajo, te he demostrado toda mi confianza siempre, pero ahora necesito que hagas esto por mí, por la empresa.
–¿Aguantar a un cliente insoportable solo porque Philipe no quiere seguir con la obra?
–La obra aún no comenzó porque al hombre no le gustaron sus ideas, y si no encontramos la manera de dejarlo contento, lo vamos a perder. Es un tipo importante, con muchísimo dinero, hay que tenerle paciencia.
Lo miré un instante indignada.
–¿Y por qué no le dices esto a Philipe, por qué tengo que tenerle paciencia yo?
Suspiró, se veía agotado. Era mi jefe y sabía que no debía discutir con él, pero teníamos la suficiente confianza como para que yo me enojara de vez en cuando.
–Él ya no quiere a Philipe, según sus palabras quiere alguien con un poquito de creatividad, solo un poquito.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–Porque no quería que Philipe se enterara. Además creo que una cara bonita lo hará ser más blando.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
–No puedo creer que digas eso.
–Debes reconocer que eres más bonita que Philipe.
No pude dejar de sonreír al pensar en la barriga generosa y la lustrosa calva de nuestro compañero de trabajo.
–Si acepta darnos la reforma, deberás recompensarme.
–Lo que quieras.
Lo miré sonriendo con picardía.
–La mansión de la playa.
–Ni lo sueñes.
–Dijiste “lo que quieras” y quiero el proyecto de la mansión de la playa.
Negaba con la cabeza como solía hacer cuando sabía que estaba perdiendo una discusión.
– Es de Milton, no puedo.
–Aún no es de nadie, no mientas. Sé que no la has asignado y sabes que puedo hacerlo bien.
Suspiró una vez más.
–O siempre puedes tratar de convencer a este señor tú mismo, como prefieras– dije deteniendo el coche.
–Eres muy mala persona, no entiendo por qué te ofrecí trabajo.
–Porque era tu mejor alumna– contesté bajando del coche.
Había dejado de llover y las nubes se estaban disipando.
Se acercó a mi lado. Miramos la casa, estaba en una zona residencial, alejada de la ciudad. El terreno que la rodeaba era inmenso pero estaba algo descuidado. La mansión, que se elevaba sobre la colina no tenía más de dos o tres años de construida.
–¿Por qué quiere reformarla?
–No le gusta–dijo encogiéndose de hombros.
– Evidentemente no sabe qué hacer con su dinero. ¿A qué se dedica?
–Inversiones.
Un precioso coche deportivo se acercaba por el camino. Esperamos a que se detuviera.
La puerta se abrió y un joven de aproximadamente mi edad se acercó sonriente. Parecía no tener más de veinte años, vestía un jean, zapatos deportivos y una camisa holgada por fuera del pantalón. Se quitó las gafas de sol para saludarnos.
–Buenas tardes señor Bourlot, siento llegar tarde.
Me miró sonriendo y extendió su mano.
–Jordan, mucho gusto.
–Marianne– al mirarlo de cerca vi que no era tan joven como había creído. Unas finísimas arrugas se formaban alrededor de sus ojos al sonreír. Estaba muy moreno y el cabello era muy rubio en las sienes. Sus ojos grises me observaban con curiosidad.
–La doctora Linderman se ocupará de la reforma, es una de nuestras mejores arquitectas, puedes confiar en ella plenamente.
–Creí que se ocuparía usted personalmente– dijo enarcando las cejas.
Juan sonrió bonachonamente.
–No, no…te expliqué que ya no tomo ninguna obra de este tipo, se lo dejo a los más jóvenes que tienen más energías que yo. Hagamos una cosa, conversen, cuéntale tus ideas y si no se ponen de acuerdo, me llamas y ya vemos como lo resolvemos.
Jordan asintió mientras me miraba. Sospecho que por educación no quiso rechazar la oferta. Sabiendo eso y sumado a lo que me había contado Juan, cada vez me gustaba menos la idea de encargarme de ese trabajo.
–Bueno, entren ustedes, yo los espero aquí fuera–dijo mi jefe empujándonos suavemente.
Como siempre no dejaba otra opción que obedecerle.
La casa era preciosa, pero había algunas cosas que desentonaban. Habían mezclado estilos de una manera algo excéntrica.
–¿Y bien?–dije–Cuéntame que quieres reformar.
–¿Todo?–dijo sonriendo–¿Qué me propones?
Lo miré con cautela.
–¿Con total libertad?
–Total.
Sonreí. Era todo un desafío.
–Lo primero que haría sería cambiar el salón de lugar. No debería dar a la calle, sino hacia atrás, es allí donde tienes las mejores vistas. Me acompañó hacia el parque posterior, el césped bajaba en suave hondonada, a lo lejos unos frondosos árboles delimitaban el horizonte–Desde aquí tendrías una vista incomparable del atardecer.
–¿El sol se pone por allí? Creí que era el norte.
–Es el oeste, confía en mí–dije sonriendo.
–Y dónde pondrías la habitación principal ¿en el primer piso?
Lo miré sintiéndome culpable.
–Yo tiraría la planta superior y dejaría una sola planta. Nada de escaleras, no las necesitas con un terreno de este tamaño. Espacios amplios, suelos de madera, ventanales enormes.
Me miró asintiendo.
–¿Y la habitación principal?
–Aquí al lado, mirando hacia el este, para que te despierte el sol por las mañanas–agregué sonriendo.
Hizo una mueca de desagrado.
–¿No madrugas demasiado?–pregunté.
–Sí, me levanto a las seis cada mañana…pero no me gusta mucho el sol.
Miré su rostro bronceado pensando como lo habría conseguido.
–Entonces podemos ubicarla aquí, junto al salón.
Recorrí la habitación con la mirada.
–¿Estás casado?
Me miró sorprendido
–No.
–Piensas casarte pronto.
–No–respondió.
–¿Novia?
Negó con la cabeza
–Es decir que piensas vivir aquí solo.
–Sí, bueno,  puede que tenga alguna invitada alguna vez–dijo sonriendo.
–Las invitadas no cuentan en el diseño, se deben conformar con lo que tú les ofrezcas.
–Me parece bien–dijo cruzando los brazos y apoyándose en la ventana.
–Creo que este espacio sería perfecto. Tendrías ventanales en estas dos paredes, aquí una arcada con un escritorio, televisor, etc. Allí el cuarto de baño, un vestidor.
–¿Y si estuviera casado?
–Necesitaríamos algo distinto, armarios más amplios, un toque diferente, no tan masculino. Tendría que conocer un poco a tu esposa para diseñar algo más acorde a su personalidad.
–O sea que también estudiaste psicología.
Reí.
–No, me hubiera sido muy útil, pero solo me dediqué a la arquitectura. Creo que diseñar una casa es más que organizar paredes, alguien va a vivir allí, necesitas conocer sus gustos, sus necesidades, su ritmo de vida. Estamos creando el espacio donde pasará la mayor parte de sus días, es demasiado importante.
Me miraba fascinado, casi lo tenía convencido.
–Entonces este diseño que me propones va con mi personalidad.
–Sí, más o menos.
–¿Y cómo soy yo, más o menos?
–En realidad no te conozco, y puede que me esté equivocando.
–Adelante, arriésgate.
–Pareces muy sencillo, te gustan las cosas simples, disfrutas de la naturaleza y los deportes, eres algo solitario.
Levantó ambas cejas mientras se alejaba de la ventana.
–Das miedo.
–No es para tanto, lo que dije es muy obvio.
–¿Si?  ¿Cómo sabes que soy solitario, o que me gustan los deportes?
Lo miré a los ojos, parecía interesarse realmente, era más sincero y transparente de lo que había creído.
–Has comprado esta casa en medio de la nada, alejado de la ciudad, es decir que no te agradan las muchedumbres, prefieres la soledad, y, con las vistas que tienes (que es lo único por lo cual alguien pagaría la fortuna que vale esta casa), no quedan dudas que disfrutas de la naturaleza.
–¿Y los deportes?
–Estás demasiado moreno para esta época del año, y dado que no te gusta el sol, es porque sales a correr o practicas algún deporte.
Asintió sonriendo.
–Muy inteligente. No es justo, sabes mucho sobre mí y yo no sé nada de ti.
–Sabes lo necesario–dije. No pretendía ser tan cortante, y me arrepentí al ver su expresión.
–De acuerdo–replicó sonriendo. Había entendido el mensaje.
–¿Alguna otra sugerencia?
–Una bonita cocina por allí, por si le gusta cocinar a alguna de tus invitadas. ¿Tú cocinas?
–¿Qué parece?
Lo miré inclinando la cabeza.
–No tengo idea–dije riendo–hasta ahí llega mi psicología.
–Me encanta cocinar.
–Entonces la haremos más amplia, y con vistas a la piscina, ¿Qué te parece?
–Perfecto.
Seguimos recorriendo la casa mientras yo hablaba y él escuchaba.
Salimos después de casi una hora. Juan dormitaba en el coche.
–¿Cuándo podrías tener los diseños?–preguntó.
Fingí indiferencia.
–Hoy es viernes, creo que el sábado de la próxima semana podría tener algo.
–De acuerdo, nos vemos aquí el sábado, ¿a la misma hora?
–Sí.
Nos dimos la mano y él se dirigió a su coche. Lo observé unos instantes, no había sido tan difícil, y decididamente el señor Jordan no tenía nada de desagradable.
El sábado siguiente llevé los planos, con algún que otro diseño de las habitaciones, el baño…
Era muy detallista, le gustaban los materiales nobles y no le importaba el dinero que hubiera que gastar. Aparentemente le gustaron mis diseños, solo hizo un par de cambios: quería un cuarto de baño más amplio, con ventanales de cristal opaco y desechó el vestidor, con un gran armario empotrado era suficiente.
Me invitó a cenar, di una excusa convincente lamentando no poder aceptar, y entonces quedamos en que pasaría por las oficinas para hablar con Juan.
A pesar de que estaba casi segura que nos contrataría, ese lunes estaba algo nerviosa. Me vestí con un traje de pantalón y casaca y dejé mi cabello suelto. Se había despertado en mi cierta coquetería que hizo sonreír a Juan.
–No necesitabas ponerte tan elegante, ya lo tienes en el bolsillo.
–¿Tan elegante?–pregunté fingiendo no comprender.
–Y si aún no lo tenías en el bolsillo, después de verte hoy, lo tendrás.
Sonreí moviendo la cabeza.
A los pocos minutos llegó. Él también parecía haberse preocupado algo más por su aspecto. Había cambiado su jean por un pantalón y una camisa negros, zapatos brillantes y un perfecto afeitado.
Al verme noté con agrado su sorpresa. Me miró a través de las paredes de cristal. Levanté una mano en señal de saludo y seguí con mis papeles, aunque era totalmente consciente de su mirada.
Después de una media hora, entró en mi oficina, precedido por Juan.
–Bueno Mari, Jordan ha contratado nuestros servicios, y quiere, por supuesto, que tú te ocupes de todo. Los dejo para que hablen.
Tomó asiento al otro lado del escritorio.
–Bonita oficina, ¿la diseñaste tú?
–No, yo ni siquiera había nacido cuando la construyeron.
–¿No?, pues parece hecha especialmente para ti.
Sonreí esperando lo que, sabía, vendría a continuación.
–Cálida, práctica y hermosa.
–¿Estás coqueteando con tu arquitecta?–dije riendo.
Se sorprendió, sin duda no esperaba que me riera de él.
–Eso no está incluido en el precio final–agregué.
Me puse de pie y extendí mi mano tomando la suya.
–Me alegra que quieras que trabaje para ti–dije.
–Yo también me alegro.
A partir de ese día comenzamos a vernos todas las semanas. Cuando yo iba a supervisar la construcción siempre estaba por allí o aparecía a los pocos minutos.  A veces, a la hora de comer, solía llegar con sándwiches, y se sentaba a mi lado en el césped mientras comíamos. Hablábamos principalmente de la casa, pero poco a poco comenzamos a hablar de nosotros, de nuestras vidas, de nuestro pasado.
Una tarde nos quedamos sentados en el parque, charlando después que todos los empleados se habían ido. El sol se ocultaba tras los árboles.
–Tenías razón–dijo señalando con la cabeza– ese es el oeste.
–¿Todavía tenías dudas?–pregunté riendo– Por lo menos hay una cosa que saben los arquitectos: dónde está el este y dónde está el oeste.
Me puse de pie para dirigirme hacia la casa. Me quedé unos minutos mirando los últimos rayos del sol que se escondía.
Se detuvo a mi lado observando la caída de la tarde en silencio.
–Este lugar es realmente encantador–comenté mirando el prado verde que nos rodeaba – Será muy relajante vivir aquí.
Me volví con una sonrisa.
–Has hecho un gran trabajo, la casa está quedando mucho mejor de lo que hubiera imaginado–dijo.
–¿En serio? No te fiabas mucho de mí ¿no?
Rió.
–No, no es eso, es que la construcción ha superado mis expectativas. Todo lo que veo me parece perfecto.
–Me alegro mucho–contesté satisfecha.
Esperó unos segundos.
–¿Te gustaría vivir en una casa así?
–¿A mí? No lo sé, creo que nunca me lo he planteado simplemente porque no puedo permitírmelo. Mi vida es hacer casas hermosas para que otros las disfruten, con eso soy feliz.
Se acercó un poco más.
–¿Cenarías conmigo esta noche?–bajé la vista sonriendo–Podríamos celebrar el éxito del trabajo.
No sabía qué esperar de él. La verdad era que me gustaba su forma de ser, me parecía atractivo, y estaba llegando a conocerlo mejor. Cada día notaba como crecía su interés por mí. Pero en realidad no terminaba de descubrir qué significaba yo para él: un simple capricho, una conquista más o algo más profundo. No tenía edad para jugar con un hombre, no me interesaba comenzar una relación que no me llevaría a nada, simplemente porque sabía que si terminaba enamorándome, la que sufriría sería yo.
Reconozco que en esa época no confiaba demasiado en los hombres. Tenía temor a abrir mi corazón y ser defraudada, temor a que nunca me amaran de verdad, y cómo aún no había aparecido ese hombre que rompiera todas las barreras que yo erigía, seguía sola, refugiándome en mi trabajo.
Lo miré sintiéndome culpable.
–Estoy muy cansada Jordan, he trabajado todo el día. De verdad te lo agradezco pero…
–Nunca vas a dejar que me acerque a ti ¿verdad? –dijo.
Lo miré sorprendida. Era muy directo y no supe que decir.
–Solo quiero conocerte, eres igual que esta casa, cada cosa que veo en ti supera mis expectativas y todo me parece perfecto, pero entiendo que quizás a ti no te pase lo mismo.
Me dio ternura que pensara eso. Verdaderamente me sentía atraída por él y comprendí que estaba siendo cruel mostrándome tan distante.
–Jordan me pareces tierno y divertido, lo paso muy bien contigo y también me gustaría conocerte mejor, pero no sé si tú y yo esperamos lo mismo.
Estaba frente a mí y me miraba con atención. La tenue luz del crepúsculo iluminaba suavemente su rostro dándole un brillo diferente a sus ojos, casi parecían transparentes y yo podía reflejarme en ellos.
–¿Qué esperas tú?–dijo acercándose un poco más.
–No voy a decírtelo ahora–contesté sonriendo y eludiendo su pregunta.
–¿Sabes Marianne?, creo que sí es el momento y no voy a dejarlo escapar. Quizás veas en mí a un playboy  inmaduro, que trae alguna que otra “invitada” a su casa. Pero en realidad ese no soy yo. Yo soy como me describiste el día que me conociste: simple y solitario, no hay mucho más. Aunque no lo creas no escondo segundas intenciones hacia ti, y lo que espero es también muy simple: que empieces a sentir por mí lo que yo estoy sintiendo hace tiempo por ti.
Esta vez sí que no supe qué decir. Eso era casi una declaración de amor y me tomaba totalmente por sorpresa. Me había gustado su manera de decir las cosas y su determinación para decirlas, pero tenía miedo de responder.
Volví a mirar sus ojos, me asustó ver casi devoción en ellos, esperanza de que yo aceptara lo que me ofrecía.
–Tú operas en la bolsa, ¿verdad?–pregunté.
–¿Qué?–dijo frunciendo el ceño confundido.
–Te dedicas a las inversiones, conoces bien el mercado, puedes predecir muchas veces lo que va a suceder, pero aun así a veces pierdes.
–Si– dijo mirándome con curiosidad.
–¿Y qué haces para no perder todo tu capital? ¿Cómo te aseguras que en un mal día no se vaya por la borda el trabajo de toda una vida?
–No arriesgo todo lo que tengo, simplemente invierto un porcentaje, una parte.
–¿Qué parte?
–¿Estás interesada en invertir?–preguntó.
–¿Qué parte?–insistí.
–El dos o el tres por ciento, ¿por qué?
–Creo que eso es lo que puedo invertir en esta relación, no más. Es la única forma segura de no perder todo lo que tengo.
Me miró desilusionado.
–No es así en el amor. Cada uno debe poner el cien por cien, sino las cosas no resultan.
–Te estoy pidiendo ir paso a paso, poco a poco. Ni siquiera estoy hablando de amor.
–¿No?
No pude mirar sus ojos otra vez. Desvié la vista.
–Lo siento, soy más complicada de lo que parezco.
–Está bien–dijo.
Suspiré angustiada. Sabía que había estropeado el momento por mi  estúpida forma de pensar, pero ya estaba hecho.
–Debo irme. Mañana volveré para hablar con los carpinteros.
–Nos vemos–dijo.
Me alejé caminando rígida, sintiendo con angustia que, tal vez,  había rechazado el comienzo de algo hermoso.
Ya en mi casa, mientras me daba un relajante baño de inmersión repasé toda la conversación, no solo las palabras, sino lo que había sentido. Sabía que, como había dicho Jordan, ese era el momento. Él supo aprovecharlo y todos mis sentidos trataron de decirme que debía aprovecharlo también, que valía la pena arriesgarse, que algo bueno me esperaba, pero yo no les hice caso. Puse todos mis miedos por delante y huí cobardemente.
Me había equivocado y lo lamentaba. Lo lamentaba tanto que unas gruesas lágrimas se mezclaron con las gotas de agua que chorreaban de mi pelo.
¿Y ahora? ¿Qué podía hacer? No podía ir y decirle: “Lo siento, lo he pensado mejor”. No, ahora simplemente tenía que rogar que él no se alejara de mí.
Cuando llegué a la casa al día siguiente me enteré que se había ido de viaje, el encargado de la obra me dijo que estaría lejos por unos meses. ¡Unos meses! La sola idea me desesperó. Entonces comprendí que era más importante para mí de lo que yo creía. ¿Cómo haría para estar sin él varios meses?
En la oficina quise averiguar algo más, pero nadie sabía nada.
Todo el día estuve desconsolada.
Pasaron varias semanas. Tenía la esperanza de recibir alguna llamada o un mensaje, alguna noticia, aunque fuera a través de Juan, pero nadie hablaba de él y los que hablaban no sabían nada.
La quinta semana, una noche que no podía dormir, me levanté y fui hasta la casa. Tenía las llaves y, por supuesto, todo el derecho a ir allí cuantas veces quisiera. No sabía por qué necesitaba estar ahí, quizás era lo único que tenía de él.
Llegué pasada la medianoche. Entré y encendí las luces. La cocina estaba aún ocupada con las herramientas de los carpinteros, algunas de las alacenas y muebles ya estaban terminados, pero aún faltaba bastante. El dormitorio había quedado mejor que como lo había imaginado en mi mente, elegante y moderno. Los armarios empotrados eran perfectos, sabía que le gustarían.
Llegué al salón, tenía más de cincuenta metros cuadrados de extensión, el suelo de madera y la ausencia de muebles lo hacían parecer aún más grande. Abrí uno de los ventanales y salí al parque. El aire fresco me reconfortó. Recordé nuestra última tarde juntos, aquella charla. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Cuán desilusionado se habría sentido al escucharme.
Un coche venía por el camino, escuché el suave rugido del motor. Se detuvo y alguien cerró suavemente la portezuela.
Me quedé escuchando con la cabeza girada levemente. No oía nada más, no sabía si alguien había entrado en la casa o no.
Me volví y lo vi, a través de los cristales. Se había detenido en el salón y estaba mirando hacia afuera.
Me quedé dónde estaba, esperando. Mi corazón saltaba de alegría, pero mi cuerpo permanecía inmóvil.
Salió al parque y se acercó despacio hacia mí.
–Hola.
–Hola.
Nos miramos un instante, casi no podía ver su cara porque estaba de espaldas a las luces del salón.
–¿Cuándo volviste?
–Acabo de bajar del avión –dijo.
El corazón empezó a martillar en mi garganta.
–Esperaba que estuvieras aquí.
Sonreí mirándolo con un ruego en mis ojos.
En dos pasos acortó la distancia que nos separaba y acercándome hacia él comenzó a besarme.
Era un beso desesperado, como si lo hubiera necesitado por mucho tiempo y se hubiera estado conteniendo. Me sentí primero sorprendida y luego irremediablemente atraída por su pasión.
Se apartó solo unos centímetros manteniéndome contra él:
–Hace mucho que quería besarte–dijo mirándome a los ojos. Desde que me dijiste que me harías un dormitorio donde me despertara el sol por las mañanas.
Sonreí y me acercó más a él.
–En ese momento me pregunté cómo sería que me despertaras tú con un beso cada mañana, en vez del sol.
Volvió a besarme, ahora con ternura, mientras las estrellas titilaban felices sobre el parque.